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En este nuevo post, pasamos a responder la pregunta de: ¿Por qué nos cuesta tanto acabar con aquello que nos hace infelices? En múltiples ocasiones comenzamos proyectos que no funcionan, ya sea en nuestra vida personal o profesional. Lo racional en estos casos, sería cortar por lo sano. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones esta decisión es mucho más difícil de tomar, dilatando en el tiempo estas situaciones que solo generan pérdidas (ya sean tangibles o intangibles).

Algunos ejemplos:
  • Ana, siempre quiso ser arquitecto, ahora en su tercer año de carrera, ha descubierto que su pasión es el diseño. Aun así, continúa con sus estudios y espera convertirse en una gran arquitecta.
  • Juan y María pensaron montar su propia empresa, tras la realización del plan de negocio y la inversión inicial, no consiguen retener los suficientes clientes como para conseguir beneficios.
  • Pedro lleva 35 años en una empresa de recursos humanos haciendo selección de personal, aunque ha recibido algunas ofertas más beneficiosas (en sueldo, tareas o condiciones) es reticente a cambiar de empresa y puesto.
  • A Sandra la acaban de despedir tras 17 años de administrativa. A pesar de tener un grado superior en anatomía patología, es reticente a focalizar su búsqueda de empleo por esa rama, prefiriendo seguir con las labores que lleva tantos años desempeñando.

Es posible que estas situaciones le hayan resultado familiares. En todas ellas, la decisión de no abandonar y mantener la inversión inicial se debe a la falacia del costo hundido. Esto hace que sea más probable que las personas continúen una actividad en la que han invertido tiempo, dinero o esfuerzo, aunque origine pérdidas, que si no hubieran invertido en ella. Además, contra más grande sea la inversión, más difícil será dejar de invertir en esta mala decisión.

Esto ha sido demostrado por las investigaciones de distintos expertos.

Los investigadores Knox y Inkster en 1968 realizaron un experimento con apuestas de caballos. Aquellos que realizaron una apuesta inicial, consideraron que sus probabilidades de ganar la siguiente apuesta eran mucho mayores, aunque esta primera hubiera sido de solo 2$.

Tversky y Kahneman (ganador del premio Novel de economía) en 1968, explicaron porqué ocurre esto. Las personas tienen una mayor preferencia a evitar pérdidas que a adquirir ganancias. De esta manera, seguir con la actividad, aunque no de ganancias y a pesar del costo inicial es mejor psicológicamente, que cesar con la actividad y asumir esa pérdida en tiempo, dinero o esfuerzo. Esta postura nos permite no asumir el error y no entrar en conflicto con nosotros mismos, conocido como disonancia cognitiva.

Un ejemplo real de esto fue el Concorde, el primer avión comercial supersónico. Fue construido por distintas empresas británicas y francesas, las cuales fueron respaldadas financieramente por ambos gobiernos. Estuvo en funcionamiento durante 27 años y sus costos ascendieron a los 2.000 millones de dólares. Aunque las ventas no llegaron nunca a cubrir más de una cuarta parte de los gastos del avión, siendo, por tanto, un gran perdedor de dinero, nunca se acabó con él.

Es importante para no caer en esta falacia, tener consciencia de su existencia e intentar no aferrarse al pasado, teniendo un pensamiento enfocado en el futuro. Pedir ayuda y opinión a alguien no vinculado con la actividad y, por tanto, vacunado de este error, puede ser una forma de valorar si estamos tomando una decisión racional o nos estamos moviendo por nuestros sentimientos. Otra opción cada vez más demanda, es la contratación de profesionales en recursos humanos y coaching que le ayuden a trazar un rumbo mediante el cual consiga acabar con aquello que le hace infeliz laboralmente, y que le permita, desarrollar todo su potencial.

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